Crónicas de América. No hay vampiros en La Habana

Tercera semana de Julio de 2017– La Habana, Cuba.

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No hay vampiros en La Habana

Ruidos y gritos, en Cuba, no suelen ser sinónimos de pelea. La calle se llena de grupos de amigos que discuten entre comillas sobre temas muy superficiales, de una manera muy enérgica. Me traen al recuerdo a los africanos del voluntariado que hice un año atrás en Italia. En ese entonces colaboraba en un hotel que alojaba a unos doscientos africanos en la isla de Cerdeña, a la que llegan de forma continua inmigrantes procedentes de países como Nigeria, Congo y Senegal, muchos de ellos pasando por Libia. Y lo hacían a través de pateras, jugándose su vida como durante muchas décadas los cubanos lo han hecho para salir del país, escapando a los Estados Unidos. Los africanos también discutían sobre cualquier tema, por estúpido que fuera, hasta parecer que iban a llegar a las manos. Nada más lejos de la realidad; al minuto se estaban abrazando. Aquí, a diferencia de eso, discuten a gritos con una sonrisa en la cara. En una discusión cubana todos hablan a la vez, gesticulando de forma exacerbada y sin perder el buen humor. Los temas son tan banales como el que ahora está de moda en la capital de Cuba: ¿quién es mejor: Real Madrid o Barcelona? Antes era el béisbol o “la pelota”, como aquí le dicen, de lo que todo el mundo hablaba. Ahora en la televisión le están dando mucha más cobertura al fútbol español, y Cristiano y Messi son el punto de partida y la excusa perfecta para empezar lo que aquí es deporte nacional: la conversación con tintes de debate subido de tono.

 

Cuba es sin embargo el país más seguro en el que jamás puse los pies. Mientras que en algunos rincones del planeta el visitante debe abrir mejor que nunca los ojos, aquí puede incluso pecar de incauto. La honradez y el cuidado que procesan al turista es extrema. El que llega de visita está cuidado entre algodones desde que Cuba hizo del turismo su principal fuente de ingresos. La ecuación es sencilla: al haber dos monedas, el peso nacional para los cubanos (CUP) y el convertible (CUC) que usan los turistas, se crea un flujo desigual, aparentemente justo, en el que los locales usan una moneda que es veinticinco veces menos valiosa que la convertible. Los precios para ellos también son mucho más asequibles. Pero esto no quiere decir que yo, por ejemplo, no pueda usar el peso nacional o que los cubanos no tengan acceso al convertible, sino que dependiendo del lugar en el que nos encontremos dentro de las ciudades los precios están en una u otra moneda. En bares como La Floridita o La Bodeguita del Medio, que frecuentaba con asiduidad Ernest Hemingway, las cuentas son tan elevadas que los propios cubanos no tienen la oportunidad de disfrutar de aquello que producen. El precio de un mojito supone más del diez por ciento del sueldo de un trabajador medio. La conclusión es, por tanto, que el turismo deja bastante dinero, pero que aún así el nivel de vida del cubano es extremadamente bajo. Los sueldos no permiten ningún tipo de capricho en un estilo de vida que se basa en la supervivencia. Ahorrar, aquí, es una mera ilusión. Y aunque en el momento que vivimos salir del país ya no es una odisea por las trabas políticas, sí que se convierte en una utopía por no poder ni tan siquiera costearse un billete de salida. Por ahora la táctica parece clara: seguir apostando por el turismo; quien mande en todo esto ha entendido que el que el visitante se sienta seguro será principal motor de atracción.

 

En cuanto a los edificios en La Habana, son por norma general muy similares. Aunque la zona de Nuevo Vedado es mucho más moderna, pasear por los barrios de Vedado, el Cerro, Habana Vieja o Centro Habana, donde yo pernocto, da la oportunidad de observar continuamente las destruidas fachadas de las centenarias construcciones que parecen abandonadas. Al entrar la impresión no cambia, y sus interiores no mejoran precisamente lo que se ve por fuera. En cualquier país de Occidente se vería incomprensible que en lugares así viviera toda una comunidad de vecinos. Vecinos que sin dudarlo te reciben con una amabilidad y hospitalidad que hace olvidar cualquier incomodidad. Por ejemplo, del hecho de que los ascensores se han convertido en una tonelada de chatarra oxidada sin uso alguno. En el hueco del elevador de mi edificio de la calle Rayo número dos, esquina con San Rafael, viven varios gatos. La luz es inexistente, por lo que uno debe subir las escaleras con cautela durante la noche si no quiere tropezar con los escalones de mármol rotos.

 

Aquí los vecinos son familia. Tal vez no de sangre, pero sí de confianza. Tanto es así que las puertas de las casas permanecen habitualmente abiertas, como sucediera en los pueblos españoles décadas atrás. Como en la reciente película titulada Los últimos días en La Habana, a veces los que viven en la vivienda de al lado se convierten en la verdadera familia.

 

El interior de las casas, por otro lado, me lleva a viajar en el tiempo. Un amigo que conocí en el bus desde Varadero hasta aquí me puso en preaviso cuando me aseguró que ésta es una ciudad anclada en el tiempo. Y esa misma impresión me invadió al entrar en esta casa. Los muebles de madera de los años cincuenta, las sillas que pesan un quintal, las fotos en blanco y negro enmarcadas también en madera y la televisión de trece pulgadas excesivamente pixelada dibujan a la perfección un regreso al pasado. El uso diario del teléfono fijo, el calentar agua para hacerla potable y la ausencia del router me hace inevitablemente viajar a mi infancia, en una de esas visitas semanales a casa de mi abuela Luisa, en calle Aroche. Una casa humilde y que parecía que se iba a caer, pero que duró incluso más que el aliento de mi abuela. Que por cierto, en sus últimos años de vida, aseguraba que nuestra familia tenía parentesco con Fidel Castro. Qué mágica es la vida que me vuelve a conectar con ambos mundos de manera inesperada. Quién sabe, tal vez tenga raíces cubanas. En unos días iré a bailar, a ver si lo confirmo o por el contrario el movimiento de mis caderas desmiente todo indicio de cubanismo.

 

Durante mi estancia en la Habana duermo en la casa de una adorable familia, aunque los que aquí viven de manera permanente y se encargan del negocio de alquiler de habitaciones a turistas son la señora María Luisa y su nieto Eduardo. Estos días, el joven de veintiséis años se pasa la jornada en la cama por un accidente que tuvo en Varadero la semana pasada. Su primo hermano Alexis, estudiante de medicina, viene a menudo pues es el encargado de curarle las heridas de la caída. También vendrá María, la mamá del accidentado. La señora de la casa, por otro lado, es sencillamente entrañable. Tal vez porque perdí a mis dos abuelas cuando era niño y tampoco pude tan siquiera disfrutar de mis abuelos es que conecto tan bien con personas que tienen una larga vida y encarnan la sabiduría que sólo regala la experiencia. Creo que además de eso yo le caí en gracia, y me cuida como si tuviéramos parentesco desde el momento en que atravesé la puerta de la casa hace tan sólo unos días. Mucha casualidad, además, que compartamos nombre.

 

El deporte nacional de Cuba es la charla y la abuela María Luisa lo practica a menudo. Nuestras conversaciones sin reloj empiezan con cualquier excusa en la mesa del salón. A ella tampoco le gusta el aire acondicionado al que casi cualquier cubano está enganchado, así que un simple ventilador ameniza nuestras palabras. Sin embargo, de lo que no pude escapar es de la excesivamente fría temperatura del bus, conocido como “guagua” en Cuba, que me trajo desde Varadero. Por eso estoy visiblemente resfriado, aunque por ahora nada ha podido evitar que me aventure a caminar durante todo el día recorriendo las calles de esta genuina urbe que es La Habana. Aquí no hay Internet, pero tampoco hace falta. Además de venirme como dedo al anillo para desconectar de la acelerada vida virtual que llevamos en las sociedades occidentales, la ausencia de señal interactiva obliga a mantener la esencia de la práctica de la conversación con la persona que se tiene enfrente. Además, el cubano medio es muy culto. Conoce la historia de su país y, a pesar de todo, también tiene una cultura general del mundo bastante sorprendente. María Luisa, por ejemplo, es un libro de Historia a mi disposición plena; hoy hemos hablado, mientras me daba una pastilla para el dolor de garganta y un refresco de limón que ella misma prepara, sobre la época del colonialismo español, el posterior pseudo-colonialismo estadounidense, la juventud del país y la esencia de Cuba ante los nuevos aires de apertura que se empieza a vislumbrar.

 

¿Hasta qué punto sería positivo que Cuba imitase a otros países? Me pregunto. La grandeza de este pueblo, y hablo por lo que me ha transmitido durante estos días, es que la riqueza aquí adopta una nueva dimensión. Aquí la riqueza se mide en la felicidad de aquellos que practican un modo de vida basado en la sencillez. Son muchas las similitudes que encuentro entre los países del Sudeste Asiático en los que durante mis últimos viajes tuve la suerte de adentrarme y los países latinoamericanos, si bien acaba de empezar mi travesía en este continente. La diferencia es que la barrera idiomática aquí desaparece, además de que la cercanía de la sangre latina no tiene parangón. Sin embargo, ese ser feliz con poco, la humildad y hospitalidad, la cercanía permanente con el núcleo familiar y la generosidad son la base de ambos continentes. Tan lejanos como similares. La comida picante y sus especias, los colores, la humedad del ambiente y sus calores, las costas de arena blanca y aguas cristalinas y las puertas abiertas sitúan al Sudeste de Asia mucho más cerca de Latinoamérica de lo que a priori pudiera parecer. Tal y como concluía en países como Tailandia, Camboya o Vietnam, en cuanto Cuba siga desarrollándose hacia nuevas formas de vivir la vida, imitando a otros países occidentales, va a ir perdiendo poco a poco la esencia que les hace tan únicos. Ojalá me equivoque.

 

Pero obviamente no todo es tan negativo, y el lento pero continuo cambio que se está experimentando en forma de apertura se hace, casi contradiciendo mis palabras anteriores, tan necesario como inevitable. Aunque ahora el acceso a Internet está muy restringido tanto por la cobertura como por el precio del mismo, en el futuro será cada vez más accesible navegar por la red. Es este libre flujo de la información el botón perfecto para entender que Cuba está cambiando. Aquí, durante muchas décadas, estaba extremadamente prohibido acceder a informaciones que no fueran las emitidas y controladas por el régimen imperante, por la revolución.

 

Y aquí se me abre un conflicto interno que sitúa a un lado el derecho a la información y las libertades que todo ser humano merece, sea del país que sea, y las consecuencias no tan positivas que trae consigo la única vía de desarrollo de esos derechos fundamentales. Aquí en La Habana, que como capital posee las mejores infraestructuras del país, se tiene acceso a Internet únicamente en contadas plazas públicas. Quiere decir que para conectarse uno debe ir con su teléfono a un lugar determinado y comprar a un pirata una tarjeta con un número de usuario y un código. Supuestamente, esas tarjetas sólo se deberían vender en las oficinas de la empresa estatal que proporciona la señal de Internet, pero evidentemente los más avispados han vislumbrado el negocio y lo venden por un peso convertible más de lo que cuesta. En lugar de dos, te cobran tres, pero uno se ahorra el paseo y la espera en las colas. En lugar de gramos, estos camellos venden megas. Y sí, si uno pasa por el parque los drogadictos han dado paso a un ejército de yonkis de la red entre los que me mimetizo para contactar con mi familia y amigos, confirmarles que sigo vivo en la distancia y enviar algunas de mis fotos. Aquí el paisaje cambia por completo de una calle a otra. En otras plazas sin wifi los cubanos acuden para contarse

 

Contradiciendo al popular film de terror puedo decir que no hay vampiros en La Habana. Como en la mayoría de ocasiones, las apariencias engañan, y dentro de cada caja estropeada en forma de edificio apocalíptico hay hogares que te abrazan, detrás de cada conversación subida de tono hay una sonrisa cómplice, y en la esencia de un país maltratado por su propia historia descansa un nivel de felicidad que ejemplifica de qué manera se ha de mirar la propia existencia. Ya decía el propio Fray Bartolomé de las Casas, cronista de las Indias de principios del XVI, en su más importante obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que “todas estas universas e infinitas gentes a todo género crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces (…) Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; e por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas”. El secreto parece residir en el ser feliz con poco…

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